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¿Activa o pasiva en tu relación sexual?

Tus deseos no son pecado.

A veces sientes deseos de hacer el amor y llevar tú las riendas, ¡pero no te atreves a insinuárselo a tu esposo! ¿Qué pensaría mamá de todo esto? Bueno, pues se acabó la represión. Aprende a darle rienda suelta a tus bajas pasiones... ¡a él le encantará!

Quedaron atrás los viejos tiempos en los que la mujer se consideraba un objeto de placer para su señor, una esclava que realizaba las tareas de hogar y una engendradora de hijos que heredaban los bienes de la familia. En esta época en que la mujer se esfuerza por hacer hasta convertirse en un ser humano integral, no es concebible que su actitud en las relaciones sexuales con su pareja continúe manteniendo un cariz feudal.

Convivencia con el pasado

Muchas de nosotras aprendimos de forma involuntaria una especia de manual de prohibiciones escrito por nadie, pero repetido hasta la saciedad por nuestras madres y abuelitas, y que podría titularse algo así como: “Esas cosas que una mujer jamás debería hacer con su pareja”. Por supuesto que para una contemporánea bien plantada, de las que trabaja, lleva una rutina de ejercicios, cuida a sus hijos y comparte un hogar funcional con su hombre, un manual como el antedicho resulta más que obsoleto.

Sin embargo, lo interesante es que los antiguos preceptos que ya no funcionan, pero que hemos asimilado de manera inconsciente a lo largo de la infancia y la adolescencia, no se van así no más se mantienen a la sombra de aquello en lo que creemos, y en lo que suponemos que creemos.

Este fenómeno, común a todo el género humano, es lo que posibilita que abordemos ciertos aspectos de nuestra existencia sin detenernos a pensar si estamos funcionando de manera consciente, o si nos limitamos a seguir mecánicamente uno de los preceptos que fueron engendrados por la censura en la que pervivían nuestros antepasados. Es por eso que nada hay tan beneficioso, y a veces perturbador, como poner en tela de juicio algunas de las posturas y reacciones en nuestra vida cotidiana. Una de las zonas de nuestra existencia que por lo común se ve más afectada por esta situación es aquella que concierne al amor y el eros.

Prejuicios de ayer

Según el inefable manual de “Esas cosas que una mujer jamás debería hacer con su pareja”, está establecida la prohibición absoluta de demostrarle al varón que andamos deseosas de disfrutar de aquello que nos suelen pedir tan sanamente el cuerpo y la mente, esto es: llevar a cabo, con todas las de la ley, una sesión del mejor deporte que se ha inventado bajo lecho: hacer el amor. No importa que las razones de las que provino esa prohibición se hayan perdido en el tiempo, y que a la corta o a la larga limiten nuestra relación matrimonial y perjudiquen nuestra sexualidad.

En las sociedades arcaicas del Oriente, donde el acto de hacer el amor era desde siempre considerado una forma sagrada de acercarse a la Divinidad, y de alcanzar la plenitud del cuerpo, la mente y el espíritu, las artes amatorias alcanzaron un perfeccionamiento increíble, y en esas artes la mujer tenía tanto derecho como su contraparte masculina a ser una parte activa de esa coreografía que danzan marido y mujer en la intimidad perfecta de los que se aman.

Tareas Compartidas.

Está comprobado que uno de los factores que suele contribuir a la infelicidad del varón en la sociedad actual es el cúmulo de expectativas que se acumulan sobre su cabeza. No debe ser fácil salir adelante sabiendo que se espera de él que sea siempre “el duro” de la familia, el que toma todas las decisiones, el que protege a los suyos y que, en fin, debe incluso tomar la iniciativa en la cama. Si tenemos en cuenta que con esta actitud le estamos negando al hombre un derecho a sentirse necesitado de protección y ayuda, a delegar en su contraparte femenina, a ser tierno y receptivo, y a entregar para poder disfrutar a plenitud del acto sexual, no nos extrañe que las estadísticas confirmen que los varones suelen morir mucho más jóvenes que sus compañeras, sin duda desfallecidos bajo la carga social que supone tener que actuar por siempre, para siempre y sin excepción, como los héroes de los cómics. Lamentablemente, tanto se ha machacado al hombre con las cantinelas de su propio y sufrido manual de “Esas cosas que un hombre jamás debería hacer con su pareja”m que no siempre ellos se encuentran en condiciones de pedir un poco de consideración a su pareja, y tal hecho constituye, en la mayoría de los casos, a que, pasado el tiempo de locura erótica de los primeros años de matrimonio, la relación sexual de los cónyuges languidezca y acabe convirtiéndose en un artículo de lujo que va escaseando cada vez más en la vida cotidiana, hasta desaparecer. Es por eso que toda mujer debería considerar seriamente las saludables razones que la incitan a mantener una postura activa en la relación sexual: desde la invitación más abierta o más sutil a “hacerlo” hasta la actitud y las posturas en que se lleva a efecto la unión, así como las caricias, y las mil y una deliciosas manipulaciones que hacen del arte amatorio un camino al séptimo cielo. Es probable que el hombre se sienta un poco extraño al limitarse a aceptar los avances eróticos de su compañera sin hacer él gran cosa, y que incluso se asuste ante la fuerza y persistencia de sus reacciones de placer; de modo que lo recomendable es ir poco a poco, sin exagerar, aumentando cada vez más nuestra actividad al hacer el amor, y haciéndole entender a él que no hay nada comparable a la posibilidad de abrirse al amor físico y saborear todas sus posibilidad es con la persona que se ama.

Revista BUENHOGAR. Agosto 2003. Año 38. Nº8. p.24-26